Sin dejar sitio para la decepción, comenzó su tarea de detallar sus tardes de yoga y meditación. Se enfrasco en una descripción de ideas, posturas, y ritos que captaron mi atención algo antes de empezar. Habló sobre hindues, Dioses, y estados mentales. Sobre nirvana, la condición donde no hay tierra, ni agua, ni aire, ni luz, ni espacio, ni límites, ni tiempo sin límites, ni ningún tipo de ser, ni ideas, ni falta de ideas, ni este mundo, ni aquel mundo.
Definió el ciclo de renacimiento, y la paz absoluta. Comentó los valores de los vegetarianos, y el desarrollo del cerebro. Me embaucó con la capaceidad de aunmentar la sensibilidad hacía los estímulos que nos rodean, hacía ti mismo y el mundo en el que vivimos.
No se durante cuando tiempo permanecí enfrascada en su discurso, pero una enfermera, con falta de amabilidad acabó con la tira de torpes preguntas que me surgían continuamente. Aquel hombre de pelo canoso y postura relajada, guardaba una vitañidad desmesurada bajó una camisa a rallas, y tenía la voz más interesante que había escuchado hasta el momento. Se despidió acaloradamente como acostumbraba a hacer y con una carcajada se disculpó por no poder quedarse un rato más a relatar sobre otra de sus aficciones.
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